Surrender

Catalina Oz. Curaduría Constitución

Añorada:
No solo la distancia nos separa: está el gigante, el río circular y sus cascadas, los siervos
infectados por el virus, los caminos cifrados, los árboles mágicos, los puentes mecánicos, las
superinteligencias. Ejecuto melodías e imagino que ese sonido viaja en fibra óptica a velocidad,
exacto a la ventana tuya. A miles de centurias, entre borrascas, a esa torre púrpura en altura que no
deja subir, bajar; y no es locura: sé que puedes oír la fineza del arpa, el vibrar de la conexión, los
roces de la seda, los vaticinios de la adivina que visité con desconfianza, y que en ella apareció tu
voz. Dijo: «hay un barco de mercantes que regresa de la China, marinos que traen preciosidades.
Especias, brillantes algoritmos, plumas exóticas. Sus mujeres, que dieron a luz en la travesía, huirán
al desierto, castigadas por el futuro, escapando de una guerra ajena. Cargan tesoros etruscos,
visiocascos, moldes del Taiwán, vergüenza».
Escucho pasos en la oscuridad. Son las peregrinas de oriente. Atraviesan el ciberespacio
iluminadas por candiles. Ritualistas nómadas que truecan información, conocimiento, despliegan
inteligencia colectiva. Personas o máquinas vinculadas de manera indistinguible, que saben de
nosotras dos, de nuestro amor roto.
Apunto lejos mi flecha en dirección tuya. Soy una doncella sin paz. Si fui madre, no
recuerdo. Al fuego lo que es del fuego y a mi saeta la velocidad exacta que me arrime a vos. En el
simulador avanza la quema de brujas. Su centro es un hueco negro donde se consumen los huesos
calcinados de las internautas que tuvieron peor suerte que vos. No hay secreto que permanezca
encriptado en el silencio del destierro total. Sé que el tiempo hará crecer tus trenzas, que serán
lianas por las que treparme. Que el gigante un día se quedará dormido, pero la guerra no.

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