Magdalena

Ungir con pasión, y de una vez, lo que solo puede ser amado a la distancia. Un perfume de nardos, fruto del año de trabajo entero. Alguien sentencia que por aquel acto una mujer será recordada. Ni el hipotálamo, ni la glándula pineal: el sentido del olfato conecta el
cuerpo con el alma.

Los cuatro confines del mundo se habían apagado. Ella viajaba con un saquito de mirra, un ramo de azahar y un denario. El ramito de azahar era fluorescente, iluminaba sus manos y una pequeña porción del camino: la gente afirmaba que además tenía el poder mágico de la rememoración. Setecientas noches caminó, buscaba a un hombre que ya no existe en esta tierra. Al llegar a los pies del muro, los centinelas la rodearon y le arrancaron el velo. Cuando descubrieron quien era se avergonzaron. Antes de seguir su travesía, ella tomó sus manos y preguntó: “¿Han visto ustedes al amor de mi vida?”.

Dios le habló: “Serán salvos quienes por amor, renuncien al amor”. A veces piensa en la salvación, pero le ha dicho que no la lleve al Paraíso. Si pudiera pedir un deseo sería encontrarlo una vez más –joven y hermoso como un venado– para tomar vino con especias cuando las lluvias cesen y broten las flores en los campos.

En cada región que atravesaba, en cada poblado en el que entraba, las multitudes giraban la cabeza y festejaban. Una vez le rogaron que gestara cien nuevos elegidos para volver a poblar la tierra. En otra aldea, sacudida por la hambruna, le suplicaron que diera su cuerpo para alimentar diez huérfanos. Aunque nunca fue virgen sabía que la santidad le confería gracias, pero no quiso saber más de niñas preñadas. Prefirió desde entonces ocultar sus antorchas bajo la túnica y viajar al suroeste. El universo es gris y siniestro. Solo las cosas queamamos nos impregnan.

Julieta Massacese, XXIII – XI – MMXIX

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