Limón

Los árboles daban frutos; él creció bajo esas sombras, escuchando canciones, recopilando discografías en estantes. Aprendió cocina, higiene personal. Lloró sinceramente, lloró de mentira, contó chistes, cayó en trampas hechas por él. Vio venir la fatalidad y cuando estuvo ahí, simuló la sorpresa, pegó un grito atronador. Se sintió observado y cruel, y acudió a una ciudad. Ahí vivió largo rato de las harinas, de bajar la expectativa, de sensaciones pesadas. Se hizo adicto a drogas suaves, al hábito de fumar en la ducha. Trabajó para pagar taxis y se llamó al silencio. En un tatuaje escribió la canción, en películas se veía, reconstruyó en su memoria lugares cotidianos de otros tiempos: la gente viva que ya está muerta, los gestos de infancia. Alquiló una habitación, un cuadrado en un cuadrado. Cambió piel y alimento, hizo amigas y frecuentó lugares de moda. Raspó la noche para enamorarse; esperó cosas de los demás que los demás no le dieron. Enflaqueció al sol. Se lustró el pelo, lamió sus zapatos; envejeció de repente y desconoció sus manos. Mirando al espejo repetía su nombre. Se dibujó muerto, moribundo, se pintó las cejas cuando desaparecieron de su rostro. Se debilitó hasta que respirar fue su trabajo, y trabajó de respirar. La gente que lo quería limpió su casa, cuidó sus plantas, germinó sus semillas y ordenó su biblioteca. Así, un día rodeado de todo ello, miró el techo blanco y se sintió igual al techo blanco. Suspiró y cerró sus ojos a la media tarde; junto a una bandeja con galletas marmoladas y café. 

Alberto A. Romero 

Marzo de 2020

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